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CANCIÓN DEL RECREO (*)
El padre Indalecio abría la lóbrega habitación del hostiario. Me hacía recitar dos, tres veces, los rituales pasos de los trabajos que debería cumplir para el logro de hostias perfectas. Estimar el tiempo correcto de la breve cocción de las hostias, era sólo cuestión de contar sin distracciones, ciento cincuenta tic-tac, tic-tac... del reloj de péndulo, pero a los treinta, cuarenta pulsos, mi cabeza divagaba, imaginando, a veces, que el dorado disco del péndulo era un sol en vaivén, que iluminaba caprichosamente sus mundos, como una lámpara colgante mecida por el viento. No me quedaba, entonces, otro remedio que abrir fugazmente el horno para espiar las hostias, con el resultado inevitable de que varias se deformaran, o adquirieran esos globitos delatores que tanto odiaba. Tantas hostias desechadas por mi impericia, se corresponderían con otros tantos recreos que me serían prohibidos hasta un futuro insondable, encerrado en la libreta de tapas negras del padre Indalecio.
Cuando los pupilos, -acaso los propios seminaristas- de los cursos superiores robaron esa libreta, el padre Inda -como le nombrábamos-, cobró una tempestad de furia. Acrecía el número de niños, de muchachos arrodillados sobre maíz por todos los rincones. Los pupilos, en respuesta, comenzaron a publicar en cualquier pared, en sueltos papeles, poemas y trozos pecaminosos, libertinos, extraídos de la libreta, según pudimos saber. Preservándose de los conocimientos caligráficos del padre, los pupilos escribían los textos entre varios, los diestros con la izquierda, los zurdos con la derecha. El padre enflaqueció. Podía percibirse ahora su aliento vinoso a cualquier hora, en preeminencia sobre el tufo de sus axilas aureoladas de salitre.
Uno de esos escritos que los pupilos menores no osábamos mirar, fue clavado en la puerta de nuestro dormitorio. Ignoro la hora en que el padre pateó la puerta. Me soñaba yo, como siempre, transitando escaleras a las que faltaban escalones, creando abismos que mis cortas piernas no podían superar. Encendió el padre las luces generales, y la de cada uno de los quinqués de las mesas de luz, obligándonos a leer el papel, mientras nos vigilaba con ojos sanguinolentos. Sólo recuerdo parte del texto, que decía: "...una tetita de fuego, / una tetita de llama, / cuyos pezones al cielo apuntan, / cuando me aguardas...".
Concluido tan cruel como vano espionaje, salió trastabillando. Apagamos las luces. Desde el corredor nos llegaba un rumor como el de una bestia enorme que reptase. De pronto comenzó a sollozar, con la boca de juro pegada a las baldosas, porque su llanto transmitía una escalofriante vibración al piso, las paredes, al aire. Pese el terror, me invadió una honda pena, una loca piedad. Salí al corredor, enredándome en el pollerón del camisón. Sospeché que se hallaba de bruces; me arrodillé, le acaricié la nuca, le impuse mi mano helada en la frente enfebrecida. Se calmó como
niño al que la madre acoge tras una pesadilla. Se incorporó. En la cerrada oscuridad, con manos sorprendentemente tiernas, empapadas en lágrimas, me recorrió el rostro, el pelo. Dijo "Prudencio..." en un susurro, al reconocerme. El chas chas de sus sandalias se perdió en los corredores.
Nos despertaron las campanas, doblando a difuntos. No fue el padre Inda quien nos condujera a misa, y dirigiera las oraciones durante el desayuno, sino el joven diácono Antonio. Marchamos a las aulas. Cuando llamó la campana al primer recreo, salí al patio luego de una ausencia que percibía enorme. El aire estaba helado. Abrevé de esa fugaz libertad tapiada, hasta dolerme los pulmones, hasta emborracharme.-
(*)(De la serie “Canciones para lavarle la cara a la ciudad mientras tomás un mate.)
Carlos H. “Tata” Herrera
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